Hay una fuerza que me mueve,
y que siempre me ha movido, hacia ti.
Cuando miro tu rostro
tus labios se transforman en el centro del universo.
Todo gira en torno a ellos.
Todo vive en torno a ellos.
Tus labios le dan color al cosmos
y pintan las hojas,
rojas,
de sangre,
y de amor.
Las sombras.
Esas que cubren a menudo tus mejillas pecosas,
me envuelven,
envuelven mi mente en las capas de tu piel
y entre el ébano de tu pelo,
jugoso de energía.
A veces tu belleza infantil me parece insoportable,
me sofoca mirar tus líneas
de efímera juventud.
Me duele mirarte a través de esta estéril ventana,
de una estéril realidad,
y que más desquicia mis deseos inútiles.
Tu no necesitas flores, ni hojas,
ni primavera, ni lagos, ni cielos,
ni lunas, ni sol, ni árboles,
ni tierra.
Tú eres un jardín en el que los astros
florecen brillantes y la tierra nace por primera vez.
Y si vuelvo a verte así,
me ahorcaré con tu esplendor.
viernes, 3 de mayo de 2013
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
