A veces, fuiste alguien que imaginé.
A veces, eres alguien con quien sueño
a menudo.
A veces, eres una fantasía vestida con
uniforme escolar.
A veces, eres un espectro que me sigue
ofreciéndome frutillas.
A veces, eres un fantasma con quien
hablo de vez en cuando,
a través de una estéril pantalla.
A veces eres como me imagino si yo
hubiese sido mujer.
A veces, eres alguien que nunca conocí
en las plazas de San Miguel,
en aquella adolescencia olvidada.
A veces, eres alguien a quien nunca
besé, sino alguien a quien golpeé con mi boca,
casi por casualidad.
A veces eres alguien a quien besé;
y cuando te besé, puse el alma en mi
boca.
A veces, eres una flor blanca que
encontré un amanecer de diciembre,
en los pastos fríos y verdes de aquel
parque sin brillo.
A veces, tú eres el brillo.
A veces, tú eres la luz.
A veces, tú me quitas la luz.
A veces, haces reír el corazón de
alguien más, y de pasada, también el mío.
A veces, eres un cuento que voy
leyendo;
y los capítulos son pétalos,
delicados y constantes;
y entre capítulo y capítulo, hay un
abismo de silencio.
A veces, eres silencio.
A veces eres la muerte: pálida a la
luz de las estrellas;
tu único color lo tienes en tus
labios;
pero su color no les pertenece, pues es
mi sangre la que los ha pintado;
tu boca robó mi sangre, que succionó
directamente de mi corazón.
A veces, eres mi corazón, rojo y
henchido.
A veces, eres mi páncreas, amarillo y
destrozado.
A veces, es como si tuviera tus brazos
entre mis manos.
A veces, siento en mis manos tu piel.
Allí vivirá, allí se desvanecerá,
allí la guardaré.
Guardaré este poema.
Te guardaré, fantasma blanco, en una
cajita café.
Guardaré tu fruta en mi corazón.
Y cuando finalmente te desvanezcas,
sólo tú podrás salvarme de la muerte.
A veces resucitas.
