Mariana Hermosilla. No puede
haber un nombre más perfecto para ti. Mariana porque vienes del mar, tus ante-ante-ante-antepasados
en la cadena evolutiva vienen de una estirpe ya extinta, pero excelsa de
delfines plateados que reinaban los mares y profundos océanos. ¿No has visto tu
alma frente a un espejo? No refleja genética humana ordinaria, sino cromosomas
de una raza imaginaria, pero de células de la más pura belleza marina. Y así
nace tu apellido, pues una pequeña flor en los vastos océanos no puede ser sino
pequeñamente hermosa. Tu hermosura es tan, pero tan pequeña, que a través de ti
los campos atómicos se escurren a un universo paralelo de infinitas energías y
realidades paralelas; quien mira dentro de tu belleza no podrá volver al mundo
tranquilo, pues siempre se sentirá hechizado por esas energías. ¿Cómo lo sé? Bueno,
a mí me pasó. Me mata la nostalgia de esos mundos, que nunca conocí, pero a los
que sí me asomé escuetamente, pues la puerta siempre estaba cerrada. Nunca
sabré qué torbellinos dominan sus nubarrones, ni qué temperaturas hierven sus
océanos rojos, ni qué nieves glaciares le daban el color a tus pieles. Tu piel,
me estremece pensar en ella, se me sacude hasta la médula con sólo imaginarla. Una
vez la toqué, y bastó con que una, sólo una yema de uno, sólo uno de mis dedos
recorriera un pequeño, muy pequeño fragmento de ti, para quedar para siempre
bajo el encantamiento de su esencia maravillosa. A continuación, narraré
brevemente ese instante.
“Nos juntamos a almorzar en el centro, en ese patio de comidas de Moneda
con Bandera, horrendo como todos los patios de comida, llenos de comida rápida,
llenos de gente apurada comiendo en bandejas plásticas, con servicios
plásticos, comida plástica, etc. Teníamos una hora. Tenía una hora contigo,
para lograr no sé cómo, parecerte interesante de algún modo. Pero como soy tan
mal actor, al final fui el mismo huevón fome de siempre, supongo. Quizás si
actuara un poquito, si mintiera un poco más, tendría una vida social y amorosa más
nutrida. En fin, la cosa es que nos sentamos en una de las mesas de plástico y
conversamos un buen rato. Me contaste de un muchacho que conociste, que te
invitó a hacer ciclismo de montaña, y creo que por ese lado llegamos al tema de
las heridas corporales. Ahí me contaste que tenías una cicatriz, en la rodilla;
en ese momento iba bien memorizando lo que me contabas, pero cuando me dijiste
que te pasara un dedo para tocar la cicatriz, mi mente se enredó un poco, por
lo que no recuerdo por qué te hiciste la herida; soy lo peor, lo sé. La cosa es
que levantaste tus faldas y me mostraste una rodilla. Fue tanta mi excitación,
por lo que cualquiera diría “tan poco”, que recordé el baño de Neruda en Isla
Negra, tapizado con fotos de erotismo de los años 50, cuyas mujeres mostraban
como gran cosa, parte de sus piernas, algunos hombros y uno que otro ombligo
vanguardista. Me sentí ridículo, pero entretenido. Y bueno, tu cicatriz bajaba
todo a lo largo de tu rótula y describía una textura graciosa, con una pequeña
protuberancia, que era como lo más extremo de lo que te quedó de la herida, pero
que mostrabas con orgullo. No recuerdo mucho más de ese encuentro, pero puede
que haya sido la última vez que te vi.”
Cicatrices. Me gustan las
cicatrices. Son como mapas de una historia siempre inédita y original, y que siempre
vale la pena escuchar. Cuando me contaste la tuya fue mágico, pues la narrabas
mientras paseaba suavemente mi dedo por encima de sus líneas. La escuchaba por mis
oídos, pero la vivía a través de mi piel, sintiendo el dolor, el miedo, el horror
de la sangre y la carne abierta al exterior que puede sentir el corazón de una
niña inocente y blanca como tú. Pude palpar cómo tus glóbulos rojos trabajan
afanosamente por cicatrizar, saliendo a borbotones y aferrándose con sus vidas
a la herida abierta para protegerte, sacrificándose por ti. Que romántico.
Bueno, ahora trataré de ponerme
un poco más serio, para que mis mensajes sean un poco más claros y no escribir
como si estuviera hablando en clave morse. Deja acomodarme. Ejem. Ojom. Mmm.
Ok. Listo. A lo mejor te preguntarás por qué chucha te escribo, si ya me
dejaste claro que importo poco en tu vida. Bueno, creo que soy de esas personas
que tiene que vomitar para mejorarse. Si ya llegaste a esta parte de la carta,
estás contribuyendo a mi salud. Gracias!
Ya una vez te escribí algo, donde
te comparaba con los delfines y todo eso. Creo que te lo mostré. Y creo que una
vez te dije, no sé cómo, en uno de esos patios de comida del centro, que tú
eras, como persona, lo que cualquier hombre podría soñar. Siempre lo he
pensado. Pero no sé si alguna vez te dije esto, al menos de esta forma: me
gustas mucho, como mujer y como persona, y eso no cambiará ni con mil
cicatrices más en tu cuerpo, ni con más o menos títulos universitarios, ni con mejores
o peores pegas. Eso. Que fome decirlo así, con cero poesía o recursos
literarios. Pero el lenguaje impacta más fuerte mientras más simples sean las
palabras, dicen.
He soñado un montón de veces con
tener algo contigo, despierto y dormido. Y siempre ha sido rico. Y no sólo
hablo de la piel y mis deseos carnales, sino de compartir, principalmente
compartir, alegrías, sufrimientos, lo bueno, lo malo, caminatas, montañas,
cenas, fideos y completos, largas conversaciones hasta el amanecer y lo que sea
que nos transforma en seres humanos. Al final siempre termino pensando que la
vida está para eso, compartirla. Me encantaría compartir la vida contigo. Y bueno
ya, lo sexual también. Ardo en deseos de recorrer tu piel y cada uno de sus
pliegues, recovecos y marmoleadas extensiones con mis labios, y dejarte
cubierta de mí. Me gustaría abrazarte en absoluta desnudez hasta quedar incrustado
en tu tórax y sumergido en tu sangre.
Sé que dentro de nuestra cultura
hay protocolos que indican cómo un hombre debe cortejar a una mujer, pero soy
un huevón raro que nunca encajará en esos cánones, y siempre se sentirá extraño
y ajeno en esta sociedad humana. Espero sepas perdonar mi rareza. Pero, por
otra parte, no puedo ser diferente a quien soy, y no actuaré un papel ridículo
por nadie, ni por ti. Por lo mismo, no sé si ofrecerte algo, pues en realidad
no tengo nada. O casi. Pero lo poco que tengo, te lo regalaría, con la única
condición de que lo atesores en tu corazón. Eso es el amor, supongo.
Me gustaría leerte historias, en
mil y una noches, para que te duermas y tengas sueños hermosos, y me encantaría
que tú me contaras historias, para viajar por tu imaginación y soñar junto con
ella. Me gustaría que me inculcaras el deseo por viajar y conocer montañas,
mares y bosques juntos, y en ellos recoger poesía y entregártela en papel de
regalo, para cuando el mundo te ponga triste. Te cantaría canciones de amor, de
odio, de vida y de muerte, sólo para que levantes tu mirada nuevamente y puedas
enfrentar al mundo con otra perspectiva. Me gustaría que descubriéramos
perspectivas nuevas, y nos diéramos mil vueltas rumiándolas con el pensamiento,
y conversando a media voz, en noches de invierno amenizadas con estufas,
calcetines de lana y té caliente con naranja.
Eso, en resumen. Seguiría toda la
noche, y sé que tu tiempo es escaso, pero agradezco que te hayas dado el tiempo
de leer. Perdón el desorden y la esquizofrenia de los párrafos. Ahora, para
terminar, hablará mi lado egoísta pero que no desea mal alguno para la
humanidad, por el contrario.
No escribo esta carta para que la
respondas, sino sólo para que la leas. Además, en parte ya sé la respuesta, así
que no me sorprendería mucho que digamos. Escribo esta carta demencial pues a
ciertas personas debo decirle las cosas para quedar en paz. Necesitaba que te
enteraras de ciertas cosas, y me deja muy tranquilo que ahora las sepas con
claridad. Pero eso es todo. Como te habrás dado cuenta, se me ocurren muchas
huevadas a cada rato, por lo que necesito contarlas de algún modo. Esto es un
ejemplo. Es primera vez que escribo algo de este estilo, pues no había conocido
a nadie que lo provocara. Prometo que será la última vez que te pida leer algo
tan pesado y denso.
Se despide atentamente,
Simon soñando.
