domingo, 12 de enero de 2014

A veces.


A veces, fuiste alguien que imaginé.
A veces, eres alguien con quien sueño a menudo.
A veces, eres una fantasía vestida con uniforme escolar.
A veces, eres un espectro que me sigue ofreciéndome frutillas.
A veces, eres un fantasma con quien hablo de vez en cuando,
a través de una estéril pantalla.
A veces eres como me imagino si yo hubiese sido mujer.
A veces, eres alguien que nunca conocí en las plazas de San Miguel,
en aquella adolescencia olvidada.
A veces, eres alguien a quien nunca besé, sino alguien a quien golpeé con mi boca,
casi por casualidad.
A veces eres alguien a quien besé;
y cuando te besé, puse el alma en mi boca.
A veces, eres una flor blanca que encontré un amanecer de diciembre,
en los pastos fríos y verdes de aquel parque sin brillo.
A veces, tú eres el brillo.
A veces, tú eres la luz.
A veces, tú me quitas la luz.
A veces, haces reír el corazón de alguien más, y de pasada, también el mío.
A veces, eres un cuento que voy leyendo;
y los capítulos son pétalos, delicados y constantes;
y entre capítulo y capítulo, hay un abismo de silencio.
A veces, eres silencio.
A veces eres la muerte: pálida a la luz de las estrellas;
tu único color lo tienes en tus labios;
pero su color no les pertenece, pues es mi sangre la que los ha pintado;
tu boca robó mi sangre, que succionó directamente de mi corazón.
A veces, eres mi corazón, rojo y henchido.
A veces, eres mi páncreas, amarillo y destrozado.
A veces, es como si tuviera tus brazos entre mis manos.
A veces, siento en mis manos tu piel.
Allí vivirá, allí se desvanecerá, allí la guardaré.
Guardaré este poema.
Te guardaré, fantasma blanco, en una cajita café.
Guardaré tu fruta en mi corazón.
Y cuando finalmente te desvanezcas, sólo tú podrás salvarme de la muerte.
A veces resucitas.

viernes, 3 de mayo de 2013

D.

Hay una fuerza que me mueve,
y que siempre me ha movido, hacia ti.
Cuando miro tu rostro
tus labios se transforman en el centro del universo.
Todo gira en torno a ellos.
Todo vive en torno a ellos.
Tus labios le dan color al cosmos
y pintan las hojas,
rojas,
de sangre,
y de amor.

Las sombras.
Esas que cubren a menudo tus mejillas pecosas,
me envuelven,
envuelven mi mente en las capas de tu piel
y entre el ébano de tu pelo,
jugoso de energía.

A veces tu belleza infantil me parece insoportable,
me sofoca mirar tus líneas
de efímera juventud.
Me duele mirarte a través de esta estéril ventana,
de una estéril realidad,
y que más desquicia mis deseos inútiles.

Tu no necesitas flores, ni hojas,
ni primavera, ni lagos, ni cielos,
ni lunas, ni sol, ni árboles,
ni tierra.
Tú eres un jardín en el que los astros
florecen brillantes y la tierra nace por primera vez.

Y si vuelvo a verte así,
me ahorcaré con tu esplendor.

domingo, 3 de marzo de 2013

Si ahora la Muerte me alcanzara.

Si ahora la muerte me alcanzara
no quedaría nada,
no quedarían poemas malos
ni triunfos, ni fracasos.

No quedaría conocimiento alguno
ni siquiera de lo que,
se suponía,
era verdad.

No quedarían palabras,
ni siquiera aquellas que te dije una vez,
a orillas del mar.

No quedaría ni un mar,
ni un cristal,
ni un cangrejo azul.

No quedarían ni los amores
ni los odios.

No quedarían promesas incumplidas
ni tampoco lo que sí se alcanzó a cumplir.

Si ahora la muerte me alcanzara
no quedaría nada
ni luces,
ni colores.

No quedarían acordes rasguñados
ni rock&roll en mi guitarra.

No quedarían mujeres que aman
ni labios que esperan,
ni labios que modelan besos para amar.

No quedarían voces que juegan con discursos,
con tonos y pasiones.

No quedaría ninguna de las estériles alegrías,
ni siquiera melancolía alguna.

Si ahora la muerte me alcanzara
no quedaría nada,
sólo pequeños gusanos,
que vienen de pasada,
vienen y se van, y se van...
hasta el fondo de la noche.