Haciendo un cálculo rápido,
creo que ha pasado un año desde la última vez que te vi.
En todo este tiempo te he pensado a menudo.
No tanto, pero lo suficiente como para no olvidar.
Supongo que no es llegar y formatear la memoria.
Casi todo lo que recuerdo de ti me gusta.
Así como me gustaba escuchar tu voz
y ver tus gestos chistosos, cuando yo te decía cosas.
De tí recuerdo tu pelo corto,
con miles de formas cambiantes,
como si fuera un transformista caprichoso,
que al menor indicio de aburrimiento, se cambia de forma y color.
Eso me gustaba.
De tí recuerdo que eras un poco más baja que yo,
lo que te transforma en un Hobbit,
un Hobbit Punk.
Y eso me gustaba.
De tí recuerdo tus labios,
grandes y llenos de miel, roja,
mal maquillados y rasgados por el rigor de la vida.
Pero eso me gustaba.
De tí recuerdo tu seriedad,
dura como un metal Toledano,
pero que se rasgaba con una muecuda sonrisa,
que me traspasaba hasta la médula.
Eso me gustaba.
De tí recuerdo tus formas,
encantadoras formas,
sensuales formas, que siempre deseé.
Y deseo aún.
Aunque ahora es distinto.
En esas formas,
sentía como si diera lo mismo la forma en que cayera en ellas,
siempre encajaría perfectamente.
Y eso me gustaba.
De tí recuerdo tu rechazo,
tu desprecio y descontento.
Y casualmente, eso es lo que más me cuesta olvidar.
Lo peor, es que eso es lo que más me hace desearte,
desesperarte y odiarte.
Pese a eso, lo que más deseo es que seas feliz,
como un Hobbit en primavera.
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