Tengo una duda, que carcome mi espíritu vacío.
Esa duda eres tú.
Esa duda eres tú, niña del cosmos.
Mi vida se quiebra con tus palabras,
el tronco de mi existencia cruje cuando me miras,
mi columna se retuerce cuando piensas en mí.
Sin embargo no sé si estás ahí.
A veces, hasta creo que eres irreal, producto de mi
esquizoide corazón solitario.
No sé si podré volver a contener tu mirada,
no sé si podré volcar en ti mi amor oscuro y pagano.
Tres veces he besado tus labios, lo que bastó para desarmar
mis estructuras
ridículamente rígidas de adulto.
La tercera vez tuvo una intensidad que no sé si podré volver
a soportar.
Esa tercera vez, nuestros besos alcanzaron nuestras almas
impávidas,
que se agitaron y bailaron entrelazadas la música de
nuestros cuerpos desnudos,
desnudos de todo,
de prejuicios,
de males,
libres y llenos de un amor infantil y orate.
Tu cuerpo dejará marcas tatuadas en mi piel, que no podré
borrar.
Las tintas de tu piel ya las llevo en la mía, para siempre
ahí quedarán.
Sin embargo, tú eres mi duda.
¿Estás ahí aún?
No sé si volveremos a aquel rincón;
No sé si tengo la valentía de dar vuelta al mundo por ti;
Pero aunque sea con la fuerza de la cobardía, lo haré.
No tengo opción.
Quebraré las murallas que nos separan, dislocaré las ruedas
y engranajes del mundo,
sólo por alcanzar tus labios.
Y aunque al final del camino me estrelle contra la más
inquebrantable de las piedras,
y mi cuero quede fracturado en mil partes, valdrá la pena
intentarlo.
En realidad, así me gustaría morir,
En brazos de desesperación, la más inquietante de los
Eternos.

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