viernes, 17 de julio de 2015

Delfín.

La primera vez que te ví,
fue en un pasillo de esa escuela.
Llevabas un delantal horrendo,
color gris, con algunas líneas rojas.
Sin embargo, ni siquiera esa horrible prenda
pudo ocultarte.
La sangre azul no puede ocultarse, supongo,
ni con el más denigrante de los uniformes.
Y tu sangre es azul, de un azul brillante,
como el del cielo,
de una mañana de enero en medio de un océano de aguas cálidas.
Tu sangre brilla, traspasando tu blanca piel,
y su luz camina delante de tí,
anticipándote y anunciándote.

Así me di cuenta que venías,
caminando por un pasillo oscuro, frío y aburrido.
Así vi tus luces por primera vez.

No recuerdo si hablamos; lo dudo.
No creo haber tenido la elocuencia necesaria; casi nunca la tengo.
sí recuerdo, que verte por primera vez fue divertido.

¿Has visto un rayo de luz celeste atravesar la noche de un niño miedoso a la oscuridad?
Así te vi por primera vez.

¿Has visto, mientras caminabas por el más gris de los desiertos rocosos,
a un delfín saltar desde aguas mágicas que te acarician las mejillas con su rocío?
Así te vi por primera vez.

Me miraste, y tu mirada de delfín me encandiló,
con su encanto y sus destellos.

¿Hay algo más virtuoso que aquellos divertidos, inteligentes y hermosos mamíferos?
Así te vi por primera vez;
y me pregunté si no eras la princesa eterna de un reino de delfines griegos
bajo un mar celeste.

Eres tan graciosa, que aún ahora,
lejos de tí,
tan perdido de tí,
tan resignado a no volver a verte,
se me escapa una sonrisa con sólo recordarte,
la más hermosa de las doncellas bajo el mar del cielo.

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