Mi cuerpo decidió que al morir,
nos cremaremos;
pero ha apurado el proceso y ya ha encendido sus poros,
y sus órganos ya están en lenta ignición.
La culpa es tuya.
Haces a mi cuerpo tomar sus propias decisiones, saltándome.
Me carburas, sin contacto.
Cuando entro en tu órbita se acelera mi combustión interna;
tu gravedad es tan profunda,
que para evitar caer en tu horizonte de sucesos, debo frenar mi voluntad,
lo que, nuevamente, me quema.
Cuando tu atracción me derrote,
caeré en tu piel,
y me transformaré en una brasa incandescente, que flameará hasta convertirse en cenizas.
Así se cumplirá mi destino,
qué mi cuerpo escogió,
por tu culpa.
sábado, 29 de septiembre de 2018
miércoles, 16 de diciembre de 2015
Nirvana
Haciendo un cálculo rápido,
creo que ha pasado un año desde la última vez que te vi.
En todo este tiempo te he pensado a menudo.
No tanto, pero lo suficiente como para no olvidar.
Supongo que no es llegar y formatear la memoria.
Casi todo lo que recuerdo de ti me gusta.
Así como me gustaba escuchar tu voz
y ver tus gestos chistosos, cuando yo te decía cosas.
De tí recuerdo tu pelo corto,
con miles de formas cambiantes,
como si fuera un transformista caprichoso,
que al menor indicio de aburrimiento, se cambia de forma y color.
Eso me gustaba.
De tí recuerdo que eras un poco más baja que yo,
lo que te transforma en un Hobbit,
un Hobbit Punk.
Y eso me gustaba.
De tí recuerdo tus labios,
grandes y llenos de miel, roja,
mal maquillados y rasgados por el rigor de la vida.
Pero eso me gustaba.
De tí recuerdo tu seriedad,
dura como un metal Toledano,
pero que se rasgaba con una muecuda sonrisa,
que me traspasaba hasta la médula.
Eso me gustaba.
De tí recuerdo tus formas,
encantadoras formas,
sensuales formas, que siempre deseé.
Y deseo aún.
Aunque ahora es distinto.
En esas formas,
sentía como si diera lo mismo la forma en que cayera en ellas,
siempre encajaría perfectamente.
Y eso me gustaba.
De tí recuerdo tu rechazo,
tu desprecio y descontento.
Y casualmente, eso es lo que más me cuesta olvidar.
Lo peor, es que eso es lo que más me hace desearte,
desesperarte y odiarte.
Pese a eso, lo que más deseo es que seas feliz,
como un Hobbit en primavera.
creo que ha pasado un año desde la última vez que te vi.
En todo este tiempo te he pensado a menudo.
No tanto, pero lo suficiente como para no olvidar.
Supongo que no es llegar y formatear la memoria.
Casi todo lo que recuerdo de ti me gusta.
Así como me gustaba escuchar tu voz
y ver tus gestos chistosos, cuando yo te decía cosas.
De tí recuerdo tu pelo corto,
con miles de formas cambiantes,
como si fuera un transformista caprichoso,
que al menor indicio de aburrimiento, se cambia de forma y color.
Eso me gustaba.
De tí recuerdo que eras un poco más baja que yo,
lo que te transforma en un Hobbit,
un Hobbit Punk.
Y eso me gustaba.
De tí recuerdo tus labios,
grandes y llenos de miel, roja,
mal maquillados y rasgados por el rigor de la vida.
Pero eso me gustaba.
De tí recuerdo tu seriedad,
dura como un metal Toledano,
pero que se rasgaba con una muecuda sonrisa,
que me traspasaba hasta la médula.
Eso me gustaba.
De tí recuerdo tus formas,
encantadoras formas,
sensuales formas, que siempre deseé.
Y deseo aún.
Aunque ahora es distinto.
En esas formas,
sentía como si diera lo mismo la forma en que cayera en ellas,
siempre encajaría perfectamente.
Y eso me gustaba.
De tí recuerdo tu rechazo,
tu desprecio y descontento.
Y casualmente, eso es lo que más me cuesta olvidar.
Lo peor, es que eso es lo que más me hace desearte,
desesperarte y odiarte.
Pese a eso, lo que más deseo es que seas feliz,
como un Hobbit en primavera.
viernes, 23 de octubre de 2015
El Lugar Oscuro
Así es que mi corazón ha quedado,
tan recóndidamente guardado,
tan entrañablemente oculto,
tan odiosamente vedado,
tan fervientemente negado,
que descansa a eones de distancia,
en el más intrincado de los recovecos del más profundo y lejano de los fondos abismales,
protegido y encubierto por afilados corales,
de negras espinas.
Allí está, olvidado de la luz.
viernes, 17 de julio de 2015
Delfín.
La primera vez que te ví,
fue en un pasillo de esa escuela.
Llevabas un delantal horrendo,
color gris, con algunas líneas rojas.
Sin embargo, ni siquiera esa horrible prenda
pudo ocultarte.
La sangre azul no puede ocultarse, supongo,
ni con el más denigrante de los uniformes.
Y tu sangre es azul, de un azul brillante,
como el del cielo,
de una mañana de enero en medio de un océano de aguas cálidas.
Tu sangre brilla, traspasando tu blanca piel,
y su luz camina delante de tí,
anticipándote y anunciándote.
Así me di cuenta que venías,
caminando por un pasillo oscuro, frío y aburrido.
Así vi tus luces por primera vez.
No recuerdo si hablamos; lo dudo.
No creo haber tenido la elocuencia necesaria; casi nunca la tengo.
sí recuerdo, que verte por primera vez fue divertido.
¿Has visto un rayo de luz celeste atravesar la noche de un niño miedoso a la oscuridad?
Así te vi por primera vez.
¿Has visto, mientras caminabas por el más gris de los desiertos rocosos,
a un delfín saltar desde aguas mágicas que te acarician las mejillas con su rocío?
Así te vi por primera vez.
Me miraste, y tu mirada de delfín me encandiló,
con su encanto y sus destellos.
¿Hay algo más virtuoso que aquellos divertidos, inteligentes y hermosos mamíferos?
Así te vi por primera vez;
y me pregunté si no eras la princesa eterna de un reino de delfines griegos
bajo un mar celeste.
Eres tan graciosa, que aún ahora,
lejos de tí,
tan perdido de tí,
tan resignado a no volver a verte,
se me escapa una sonrisa con sólo recordarte,
la más hermosa de las doncellas bajo el mar del cielo.
fue en un pasillo de esa escuela.
Llevabas un delantal horrendo,
color gris, con algunas líneas rojas.
Sin embargo, ni siquiera esa horrible prenda
pudo ocultarte.
La sangre azul no puede ocultarse, supongo,
ni con el más denigrante de los uniformes.
Y tu sangre es azul, de un azul brillante,
como el del cielo,
de una mañana de enero en medio de un océano de aguas cálidas.
Tu sangre brilla, traspasando tu blanca piel,
y su luz camina delante de tí,
anticipándote y anunciándote.
Así me di cuenta que venías,
caminando por un pasillo oscuro, frío y aburrido.
Así vi tus luces por primera vez.
No recuerdo si hablamos; lo dudo.
No creo haber tenido la elocuencia necesaria; casi nunca la tengo.
sí recuerdo, que verte por primera vez fue divertido.
¿Has visto un rayo de luz celeste atravesar la noche de un niño miedoso a la oscuridad?
Así te vi por primera vez.
¿Has visto, mientras caminabas por el más gris de los desiertos rocosos,
a un delfín saltar desde aguas mágicas que te acarician las mejillas con su rocío?
Así te vi por primera vez.
Me miraste, y tu mirada de delfín me encandiló,
con su encanto y sus destellos.
¿Hay algo más virtuoso que aquellos divertidos, inteligentes y hermosos mamíferos?
Así te vi por primera vez;
y me pregunté si no eras la princesa eterna de un reino de delfines griegos
bajo un mar celeste.
Eres tan graciosa, que aún ahora,
lejos de tí,
tan perdido de tí,
tan resignado a no volver a verte,
se me escapa una sonrisa con sólo recordarte,
la más hermosa de las doncellas bajo el mar del cielo.
viernes, 10 de julio de 2015
En el Rincón II
Tengo una duda, que carcome mi espíritu vacío.
Esa duda eres tú.
Esa duda eres tú, niña del cosmos.
Mi vida se quiebra con tus palabras,
el tronco de mi existencia cruje cuando me miras,
mi columna se retuerce cuando piensas en mí.
Sin embargo no sé si estás ahí.
A veces, hasta creo que eres irreal, producto de mi
esquizoide corazón solitario.
No sé si podré volver a contener tu mirada,
no sé si podré volcar en ti mi amor oscuro y pagano.
Tres veces he besado tus labios, lo que bastó para desarmar
mis estructuras
ridículamente rígidas de adulto.
La tercera vez tuvo una intensidad que no sé si podré volver
a soportar.
Esa tercera vez, nuestros besos alcanzaron nuestras almas
impávidas,
que se agitaron y bailaron entrelazadas la música de
nuestros cuerpos desnudos,
desnudos de todo,
de prejuicios,
de males,
libres y llenos de un amor infantil y orate.
Tu cuerpo dejará marcas tatuadas en mi piel, que no podré
borrar.
Las tintas de tu piel ya las llevo en la mía, para siempre
ahí quedarán.
Sin embargo, tú eres mi duda.
¿Estás ahí aún?
No sé si volveremos a aquel rincón;
No sé si tengo la valentía de dar vuelta al mundo por ti;
Pero aunque sea con la fuerza de la cobardía, lo haré.
No tengo opción.
Quebraré las murallas que nos separan, dislocaré las ruedas
y engranajes del mundo,
sólo por alcanzar tus labios.
Y aunque al final del camino me estrelle contra la más
inquebrantable de las piedras,
y mi cuero quede fracturado en mil partes, valdrá la pena
intentarlo.
En realidad, así me gustaría morir,
En brazos de desesperación, la más inquietante de los
Eternos.
jueves, 9 de julio de 2015
En el Rincón.
Aun recuerdo los colores de tus mejillas,
se iluminaron de un rojo crepúsculo cuando me acerqué,
se iluminaron de amor cuando susurré tu nombre,
se iluminaron del sol,
cuando las besé por primera vez.
Me demoré en acercarme, lo admito.
Soy lento como un roble enamorado,
enamorado con una lentitud
que solo la tierra puede percibir.
Sin embargo, ese momento quedó grabado en aquel sillón,
grabado con fuego en el blanco de nieve del mueble.
No puedo negar que el fuego de nuestros labios me quemaba,
lo suficiente como para no olvidar los tuyos jamás.
Tus pequeños labios,
tan chicos que son esos,
tan de niña, tan huasitos,
tan rojitos, como el sol en la mas romántica de las puestas costeras,
en un atardecer de verano, perdido en la memoria del tiempo.
Cada vez que ocupe este sillón dejaré un espacio,
para este recuerdo,
que es como un pequeño dulce, que tú me regalaste,
una tarde soleada de junio,
cuando ya pensábamos que el mundo no era para nosotros.
se iluminaron de un rojo crepúsculo cuando me acerqué,
se iluminaron de amor cuando susurré tu nombre,
se iluminaron del sol,
cuando las besé por primera vez.
Me demoré en acercarme, lo admito.
Soy lento como un roble enamorado,
enamorado con una lentitud
que solo la tierra puede percibir.
Sin embargo, ese momento quedó grabado en aquel sillón,
grabado con fuego en el blanco de nieve del mueble.
No puedo negar que el fuego de nuestros labios me quemaba,
lo suficiente como para no olvidar los tuyos jamás.
Tus pequeños labios,
tan chicos que son esos,
tan de niña, tan huasitos,
tan rojitos, como el sol en la mas romántica de las puestas costeras,
en un atardecer de verano, perdido en la memoria del tiempo.
Cada vez que ocupe este sillón dejaré un espacio,
para este recuerdo,
que es como un pequeño dulce, que tú me regalaste,
una tarde soleada de junio,
cuando ya pensábamos que el mundo no era para nosotros.
domingo, 12 de enero de 2014
A veces.
A veces, fuiste alguien que imaginé.
A veces, eres alguien con quien sueño
a menudo.
A veces, eres una fantasía vestida con
uniforme escolar.
A veces, eres un espectro que me sigue
ofreciéndome frutillas.
A veces, eres un fantasma con quien
hablo de vez en cuando,
a través de una estéril pantalla.
A veces eres como me imagino si yo
hubiese sido mujer.
A veces, eres alguien que nunca conocí
en las plazas de San Miguel,
en aquella adolescencia olvidada.
A veces, eres alguien a quien nunca
besé, sino alguien a quien golpeé con mi boca,
casi por casualidad.
A veces eres alguien a quien besé;
y cuando te besé, puse el alma en mi
boca.
A veces, eres una flor blanca que
encontré un amanecer de diciembre,
en los pastos fríos y verdes de aquel
parque sin brillo.
A veces, tú eres el brillo.
A veces, tú eres la luz.
A veces, tú me quitas la luz.
A veces, haces reír el corazón de
alguien más, y de pasada, también el mío.
A veces, eres un cuento que voy
leyendo;
y los capítulos son pétalos,
delicados y constantes;
y entre capítulo y capítulo, hay un
abismo de silencio.
A veces, eres silencio.
A veces eres la muerte: pálida a la
luz de las estrellas;
tu único color lo tienes en tus
labios;
pero su color no les pertenece, pues es
mi sangre la que los ha pintado;
tu boca robó mi sangre, que succionó
directamente de mi corazón.
A veces, eres mi corazón, rojo y
henchido.
A veces, eres mi páncreas, amarillo y
destrozado.
A veces, es como si tuviera tus brazos
entre mis manos.
A veces, siento en mis manos tu piel.
Allí vivirá, allí se desvanecerá,
allí la guardaré.
Guardaré este poema.
Te guardaré, fantasma blanco, en una
cajita café.
Guardaré tu fruta en mi corazón.
Y cuando finalmente te desvanezcas,
sólo tú podrás salvarme de la muerte.
A veces resucitas.
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