martes, 11 de diciembre de 2018

Delfín II (O, “Última carta a Maggy”)



Mariana Hermosilla. No puede haber un nombre más perfecto para ti. Mariana porque vienes del mar, tus ante-ante-ante-antepasados en la cadena evolutiva vienen de una estirpe ya extinta, pero excelsa de delfines plateados que reinaban los mares y profundos océanos. ¿No has visto tu alma frente a un espejo? No refleja genética humana ordinaria, sino cromosomas de una raza imaginaria, pero de células de la más pura belleza marina. Y así nace tu apellido, pues una pequeña flor en los vastos océanos no puede ser sino pequeñamente hermosa. Tu hermosura es tan, pero tan pequeña, que a través de ti los campos atómicos se escurren a un universo paralelo de infinitas energías y realidades paralelas; quien mira dentro de tu belleza no podrá volver al mundo tranquilo, pues siempre se sentirá hechizado por esas energías. ¿Cómo lo sé? Bueno, a mí me pasó. Me mata la nostalgia de esos mundos, que nunca conocí, pero a los que sí me asomé escuetamente, pues la puerta siempre estaba cerrada. Nunca sabré qué torbellinos dominan sus nubarrones, ni qué temperaturas hierven sus océanos rojos, ni qué nieves glaciares le daban el color a tus pieles. Tu piel, me estremece pensar en ella, se me sacude hasta la médula con sólo imaginarla. Una vez la toqué, y bastó con que una, sólo una yema de uno, sólo uno de mis dedos recorriera un pequeño, muy pequeño fragmento de ti, para quedar para siempre bajo el encantamiento de su esencia maravillosa. A continuación, narraré brevemente ese instante.
“Nos juntamos a almorzar en el centro, en ese patio de comidas de Moneda con Bandera, horrendo como todos los patios de comida, llenos de comida rápida, llenos de gente apurada comiendo en bandejas plásticas, con servicios plásticos, comida plástica, etc. Teníamos una hora. Tenía una hora contigo, para lograr no sé cómo, parecerte interesante de algún modo. Pero como soy tan mal actor, al final fui el mismo huevón fome de siempre, supongo. Quizás si actuara un poquito, si mintiera un poco más, tendría una vida social y amorosa más nutrida. En fin, la cosa es que nos sentamos en una de las mesas de plástico y conversamos un buen rato. Me contaste de un muchacho que conociste, que te invitó a hacer ciclismo de montaña, y creo que por ese lado llegamos al tema de las heridas corporales. Ahí me contaste que tenías una cicatriz, en la rodilla; en ese momento iba bien memorizando lo que me contabas, pero cuando me dijiste que te pasara un dedo para tocar la cicatriz, mi mente se enredó un poco, por lo que no recuerdo por qué te hiciste la herida; soy lo peor, lo sé. La cosa es que levantaste tus faldas y me mostraste una rodilla. Fue tanta mi excitación, por lo que cualquiera diría “tan poco”, que recordé el baño de Neruda en Isla Negra, tapizado con fotos de erotismo de los años 50, cuyas mujeres mostraban como gran cosa, parte de sus piernas, algunos hombros y uno que otro ombligo vanguardista. Me sentí ridículo, pero entretenido. Y bueno, tu cicatriz bajaba todo a lo largo de tu rótula y describía una textura graciosa, con una pequeña protuberancia, que era como lo más extremo de lo que te quedó de la herida, pero que mostrabas con orgullo. No recuerdo mucho más de ese encuentro, pero puede que haya sido la última vez que te vi.”
Cicatrices. Me gustan las cicatrices. Son como mapas de una historia siempre inédita y original, y que siempre vale la pena escuchar. Cuando me contaste la tuya fue mágico, pues la narrabas mientras paseaba suavemente mi dedo por encima de sus líneas. La escuchaba por mis oídos, pero la vivía a través de mi piel, sintiendo el dolor, el miedo, el horror de la sangre y la carne abierta al exterior que puede sentir el corazón de una niña inocente y blanca como tú. Pude palpar cómo tus glóbulos rojos trabajan afanosamente por cicatrizar, saliendo a borbotones y aferrándose con sus vidas a la herida abierta para protegerte, sacrificándose por ti. Que romántico.

Bueno, ahora trataré de ponerme un poco más serio, para que mis mensajes sean un poco más claros y no escribir como si estuviera hablando en clave morse. Deja acomodarme. Ejem. Ojom. Mmm. Ok. Listo. A lo mejor te preguntarás por qué chucha te escribo, si ya me dejaste claro que importo poco en tu vida. Bueno, creo que soy de esas personas que tiene que vomitar para mejorarse. Si ya llegaste a esta parte de la carta, estás contribuyendo a mi salud. Gracias!

Ya una vez te escribí algo, donde te comparaba con los delfines y todo eso. Creo que te lo mostré. Y creo que una vez te dije, no sé cómo, en uno de esos patios de comida del centro, que tú eras, como persona, lo que cualquier hombre podría soñar. Siempre lo he pensado. Pero no sé si alguna vez te dije esto, al menos de esta forma: me gustas mucho, como mujer y como persona, y eso no cambiará ni con mil cicatrices más en tu cuerpo, ni con más o menos títulos universitarios, ni con mejores o peores pegas. Eso. Que fome decirlo así, con cero poesía o recursos literarios. Pero el lenguaje impacta más fuerte mientras más simples sean las palabras, dicen.

He soñado un montón de veces con tener algo contigo, despierto y dormido. Y siempre ha sido rico. Y no sólo hablo de la piel y mis deseos carnales, sino de compartir, principalmente compartir, alegrías, sufrimientos, lo bueno, lo malo, caminatas, montañas, cenas, fideos y completos, largas conversaciones hasta el amanecer y lo que sea que nos transforma en seres humanos. Al final siempre termino pensando que la vida está para eso, compartirla. Me encantaría compartir la vida contigo. Y bueno ya, lo sexual también. Ardo en deseos de recorrer tu piel y cada uno de sus pliegues, recovecos y marmoleadas extensiones con mis labios, y dejarte cubierta de mí. Me gustaría abrazarte en absoluta desnudez hasta quedar incrustado en tu tórax y sumergido en tu sangre.

Sé que dentro de nuestra cultura hay protocolos que indican cómo un hombre debe cortejar a una mujer, pero soy un huevón raro que nunca encajará en esos cánones, y siempre se sentirá extraño y ajeno en esta sociedad humana. Espero sepas perdonar mi rareza. Pero, por otra parte, no puedo ser diferente a quien soy, y no actuaré un papel ridículo por nadie, ni por ti. Por lo mismo, no sé si ofrecerte algo, pues en realidad no tengo nada. O casi. Pero lo poco que tengo, te lo regalaría, con la única condición de que lo atesores en tu corazón. Eso es el amor, supongo.

Me gustaría leerte historias, en mil y una noches, para que te duermas y tengas sueños hermosos, y me encantaría que tú me contaras historias, para viajar por tu imaginación y soñar junto con ella. Me gustaría que me inculcaras el deseo por viajar y conocer montañas, mares y bosques juntos, y en ellos recoger poesía y entregártela en papel de regalo, para cuando el mundo te ponga triste. Te cantaría canciones de amor, de odio, de vida y de muerte, sólo para que levantes tu mirada nuevamente y puedas enfrentar al mundo con otra perspectiva. Me gustaría que descubriéramos perspectivas nuevas, y nos diéramos mil vueltas rumiándolas con el pensamiento, y conversando a media voz, en noches de invierno amenizadas con estufas, calcetines de lana y té caliente con naranja.

Eso, en resumen. Seguiría toda la noche, y sé que tu tiempo es escaso, pero agradezco que te hayas dado el tiempo de leer. Perdón el desorden y la esquizofrenia de los párrafos. Ahora, para terminar, hablará mi lado egoísta pero que no desea mal alguno para la humanidad, por el contrario.

No escribo esta carta para que la respondas, sino sólo para que la leas. Además, en parte ya sé la respuesta, así que no me sorprendería mucho que digamos. Escribo esta carta demencial pues a ciertas personas debo decirle las cosas para quedar en paz. Necesitaba que te enteraras de ciertas cosas, y me deja muy tranquilo que ahora las sepas con claridad. Pero eso es todo. Como te habrás dado cuenta, se me ocurren muchas huevadas a cada rato, por lo que necesito contarlas de algún modo. Esto es un ejemplo. Es primera vez que escribo algo de este estilo, pues no había conocido a nadie que lo provocara. Prometo que será la última vez que te pida leer algo tan pesado y denso.

Se despide atentamente,
Simon soñando.


sábado, 29 de septiembre de 2018

Incineración.

Mi cuerpo decidió que al morir,
nos cremaremos;
pero ha apurado el proceso y ya ha encendido sus poros,
y sus órganos ya están en lenta ignición.
La culpa es tuya.
Haces a mi cuerpo tomar sus propias decisiones, saltándome.
Me carburas, sin contacto.
Cuando entro en tu órbita se acelera mi combustión interna;
tu gravedad es tan profunda,
que para evitar caer en tu horizonte de sucesos, debo frenar mi voluntad,
lo que, nuevamente, me quema.
Cuando tu atracción me derrote,
caeré en tu piel,
y me transformaré en una brasa incandescente, que flameará hasta convertirse en cenizas.
Así se cumplirá mi destino,
qué mi cuerpo escogió,
por tu culpa.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Nirvana

Haciendo un cálculo rápido,
creo que ha pasado un año desde la última vez que te vi.

En todo este tiempo te he pensado a menudo.
No tanto, pero lo suficiente como para no olvidar.
Supongo que no es llegar y formatear la memoria.

Casi todo lo que recuerdo de ti me gusta.
Así como me gustaba escuchar tu voz
 y ver tus gestos chistosos, cuando yo te decía cosas.

De tí recuerdo tu pelo corto,
con miles de formas cambiantes,
como si fuera un transformista caprichoso,
que al menor indicio de aburrimiento, se cambia de forma y color.
Eso me gustaba.

De tí recuerdo que eras un poco más baja que yo,
lo que te transforma en un Hobbit,
un Hobbit Punk.
Y eso me gustaba.

De tí recuerdo tus labios,
grandes y llenos de miel, roja,
mal maquillados y rasgados por el rigor de la vida.
Pero eso me gustaba.

De tí recuerdo tu seriedad,
dura como un metal Toledano,
pero que se rasgaba con una muecuda sonrisa,
que me traspasaba hasta la médula.
Eso me gustaba.

De tí recuerdo tus formas,
encantadoras formas,
sensuales formas, que siempre deseé.
Y deseo aún.
Aunque ahora es distinto.
En esas formas,
sentía como si diera lo mismo la forma en que cayera en ellas,
siempre encajaría perfectamente.
Y eso me gustaba.

De tí recuerdo tu rechazo,
tu desprecio y descontento.
Y casualmente, eso es lo que más me cuesta olvidar.
Lo peor, es que eso es lo que más me hace desearte,
desesperarte y odiarte.
Pese a eso, lo que más deseo es que seas feliz,
como un Hobbit en primavera.






viernes, 23 de octubre de 2015

El Lugar Oscuro

Así es que mi corazón ha quedado,
tan recóndidamente guardado,
tan entrañablemente oculto,
tan odiosamente vedado,
tan fervientemente negado,
que descansa a eones de distancia,
en el más intrincado de los recovecos del más profundo y lejano de los fondos abismales,
protegido y encubierto por afilados corales,
de negras espinas.

Allí está, olvidado de la luz.

viernes, 17 de julio de 2015

Delfín.

La primera vez que te ví,
fue en un pasillo de esa escuela.
Llevabas un delantal horrendo,
color gris, con algunas líneas rojas.
Sin embargo, ni siquiera esa horrible prenda
pudo ocultarte.
La sangre azul no puede ocultarse, supongo,
ni con el más denigrante de los uniformes.
Y tu sangre es azul, de un azul brillante,
como el del cielo,
de una mañana de enero en medio de un océano de aguas cálidas.
Tu sangre brilla, traspasando tu blanca piel,
y su luz camina delante de tí,
anticipándote y anunciándote.

Así me di cuenta que venías,
caminando por un pasillo oscuro, frío y aburrido.
Así vi tus luces por primera vez.

No recuerdo si hablamos; lo dudo.
No creo haber tenido la elocuencia necesaria; casi nunca la tengo.
sí recuerdo, que verte por primera vez fue divertido.

¿Has visto un rayo de luz celeste atravesar la noche de un niño miedoso a la oscuridad?
Así te vi por primera vez.

¿Has visto, mientras caminabas por el más gris de los desiertos rocosos,
a un delfín saltar desde aguas mágicas que te acarician las mejillas con su rocío?
Así te vi por primera vez.

Me miraste, y tu mirada de delfín me encandiló,
con su encanto y sus destellos.

¿Hay algo más virtuoso que aquellos divertidos, inteligentes y hermosos mamíferos?
Así te vi por primera vez;
y me pregunté si no eras la princesa eterna de un reino de delfines griegos
bajo un mar celeste.

Eres tan graciosa, que aún ahora,
lejos de tí,
tan perdido de tí,
tan resignado a no volver a verte,
se me escapa una sonrisa con sólo recordarte,
la más hermosa de las doncellas bajo el mar del cielo.

viernes, 10 de julio de 2015

En el Rincón II



Tengo una duda, que carcome mi espíritu vacío.
Esa duda eres tú.
Esa duda eres tú, niña del cosmos.
Mi vida se quiebra con tus palabras,
el tronco de mi existencia cruje cuando me miras,
mi columna se retuerce cuando piensas en mí.
Sin embargo no sé si estás ahí.
A veces, hasta creo que eres irreal, producto de mi esquizoide corazón solitario.
No sé si podré volver a contener tu mirada,
no sé si podré volcar en ti mi amor oscuro y pagano.

Tres veces he besado tus labios, lo que bastó para desarmar mis estructuras
ridículamente rígidas de adulto.
La tercera vez tuvo una intensidad que no sé si podré volver a soportar.
Esa tercera vez, nuestros besos alcanzaron nuestras almas impávidas,
que se agitaron y bailaron entrelazadas la música de nuestros cuerpos desnudos,
desnudos de todo,
de prejuicios,
de males,
libres y llenos de un amor infantil y orate.
Tu cuerpo dejará marcas tatuadas en mi piel, que no podré borrar.
Las tintas de tu piel ya las llevo en la mía, para siempre ahí quedarán.

Sin embargo, tú eres mi duda.
¿Estás ahí aún?
No sé si volveremos a aquel rincón;
No sé si tengo la valentía de dar vuelta al mundo por ti;
Pero aunque sea con la fuerza de la cobardía, lo haré.
No tengo opción.
Quebraré las murallas que nos separan, dislocaré las ruedas y engranajes del mundo,
sólo por alcanzar tus labios.
Y aunque al final del camino me estrelle contra la más inquebrantable de las piedras,
y mi cuero quede fracturado en mil partes, valdrá la pena intentarlo.
En realidad, así me gustaría morir,
En brazos de desesperación, la más inquietante de los Eternos.

jueves, 9 de julio de 2015

En el Rincón.

Aun recuerdo los colores de tus mejillas,
se iluminaron de un rojo crepúsculo cuando me acerqué,
se iluminaron de amor cuando susurré tu nombre,
se iluminaron del sol,
cuando las besé por primera vez.
Me demoré en acercarme, lo admito.
Soy lento como un roble enamorado,
enamorado con una lentitud
que solo la tierra puede percibir.
Sin embargo, ese momento quedó grabado en aquel sillón,
grabado con fuego en el blanco de nieve del mueble.
No puedo negar que el fuego de nuestros labios me quemaba,
lo suficiente como para no olvidar los tuyos jamás.
Tus pequeños labios,
tan chicos que son esos,
tan de niña, tan huasitos,
tan rojitos, como el sol en la mas romántica de las puestas costeras,
en un atardecer de verano, perdido en la memoria del tiempo.
Cada vez que ocupe este sillón dejaré un espacio,
para este recuerdo,
que es como un pequeño dulce, que tú me regalaste,
una tarde soleada de junio,
cuando ya pensábamos que el mundo no era para nosotros.

domingo, 12 de enero de 2014

A veces.


A veces, fuiste alguien que imaginé.
A veces, eres alguien con quien sueño a menudo.
A veces, eres una fantasía vestida con uniforme escolar.
A veces, eres un espectro que me sigue ofreciéndome frutillas.
A veces, eres un fantasma con quien hablo de vez en cuando,
a través de una estéril pantalla.
A veces eres como me imagino si yo hubiese sido mujer.
A veces, eres alguien que nunca conocí en las plazas de San Miguel,
en aquella adolescencia olvidada.
A veces, eres alguien a quien nunca besé, sino alguien a quien golpeé con mi boca,
casi por casualidad.
A veces eres alguien a quien besé;
y cuando te besé, puse el alma en mi boca.
A veces, eres una flor blanca que encontré un amanecer de diciembre,
en los pastos fríos y verdes de aquel parque sin brillo.
A veces, tú eres el brillo.
A veces, tú eres la luz.
A veces, tú me quitas la luz.
A veces, haces reír el corazón de alguien más, y de pasada, también el mío.
A veces, eres un cuento que voy leyendo;
y los capítulos son pétalos, delicados y constantes;
y entre capítulo y capítulo, hay un abismo de silencio.
A veces, eres silencio.
A veces eres la muerte: pálida a la luz de las estrellas;
tu único color lo tienes en tus labios;
pero su color no les pertenece, pues es mi sangre la que los ha pintado;
tu boca robó mi sangre, que succionó directamente de mi corazón.
A veces, eres mi corazón, rojo y henchido.
A veces, eres mi páncreas, amarillo y destrozado.
A veces, es como si tuviera tus brazos entre mis manos.
A veces, siento en mis manos tu piel.
Allí vivirá, allí se desvanecerá, allí la guardaré.
Guardaré este poema.
Te guardaré, fantasma blanco, en una cajita café.
Guardaré tu fruta en mi corazón.
Y cuando finalmente te desvanezcas, sólo tú podrás salvarme de la muerte.
A veces resucitas.

viernes, 3 de mayo de 2013

D.

Hay una fuerza que me mueve,
y que siempre me ha movido, hacia ti.
Cuando miro tu rostro
tus labios se transforman en el centro del universo.
Todo gira en torno a ellos.
Todo vive en torno a ellos.
Tus labios le dan color al cosmos
y pintan las hojas,
rojas,
de sangre,
y de amor.

Las sombras.
Esas que cubren a menudo tus mejillas pecosas,
me envuelven,
envuelven mi mente en las capas de tu piel
y entre el ébano de tu pelo,
jugoso de energía.

A veces tu belleza infantil me parece insoportable,
me sofoca mirar tus líneas
de efímera juventud.
Me duele mirarte a través de esta estéril ventana,
de una estéril realidad,
y que más desquicia mis deseos inútiles.

Tu no necesitas flores, ni hojas,
ni primavera, ni lagos, ni cielos,
ni lunas, ni sol, ni árboles,
ni tierra.
Tú eres un jardín en el que los astros
florecen brillantes y la tierra nace por primera vez.

Y si vuelvo a verte así,
me ahorcaré con tu esplendor.

domingo, 3 de marzo de 2013

Si ahora la Muerte me alcanzara.

Si ahora la muerte me alcanzara
no quedaría nada,
no quedarían poemas malos
ni triunfos, ni fracasos.

No quedaría conocimiento alguno
ni siquiera de lo que,
se suponía,
era verdad.

No quedarían palabras,
ni siquiera aquellas que te dije una vez,
a orillas del mar.

No quedaría ni un mar,
ni un cristal,
ni un cangrejo azul.

No quedarían ni los amores
ni los odios.

No quedarían promesas incumplidas
ni tampoco lo que sí se alcanzó a cumplir.

Si ahora la muerte me alcanzara
no quedaría nada
ni luces,
ni colores.

No quedarían acordes rasguñados
ni rock&roll en mi guitarra.

No quedarían mujeres que aman
ni labios que esperan,
ni labios que modelan besos para amar.

No quedarían voces que juegan con discursos,
con tonos y pasiones.

No quedaría ninguna de las estériles alegrías,
ni siquiera melancolía alguna.

Si ahora la muerte me alcanzara
no quedaría nada,
sólo pequeños gusanos,
que vienen de pasada,
vienen y se van, y se van...
hasta el fondo de la noche.